lunes, 10 de octubre de 2022

Artillería pesada

 

Por esta vez, Porco Rex

Se va a dejar llevar por su alma

Impresionante se ve

Como el fantasma feo de un bagre

 

Porco Rex, Carlos Alberto Solari

 

MUJERES  CALIENTES QUIEREN ACOSTARSE CONTIGO


La primera vez que Horacio vio el anuncio vaciló. Había acercado el cursor sobre él pero no sabía si apretar o no. Pensó, a pesar de su poco conocimiento en la tecnología, que no era algo confiable, que quizá hacer clic en ese pequeño recuadro podría acarrear un virus informático. (Él desconocía el término pero se imaginó el colapso de su notebook.) Además, hacía tiempo que las relaciones sexuales (y todo su ritual) no le generaban más que una mezcla rara de repulsión y animosidad. Ver, sin embargo, era algo concreto. Era algo que no estaba sujeto a las incomodidades de la interacción. Había visto todo tipo de cosas: BDSM, pegging, gonzo, interracial, Young/old, POV, deepthroat, cosplay, etc. En un breve lapso de tiempo (no llegaba a ser un año y medio) era capaz de definir concisamente varios de los infinitos subgéneros pornográficos. Lograba comprender a la perfección sus lógicas y el rol de los actores en cada uno de ellos.

 

Horacio vivía solo. Después de un matrimonio fallido, prefirió la soledad antes que cualquier cosa. Ocasionalmente llamaba o recibía llamados de amigos. O se los encontraba en la calle y hablaban un rato. A veces, las menos, salía a comer o tomar algo. Nunca más que eso.

 

Al mismo tiempo que mirar pornografía se volvió algo habitual en su rutina, Horacio comenzó a soñar cada vez más con experiencias sexuales extrañas. Parecía que todo eso que su mente procesaba durante el día rompía la tenue barrera que separaba la realidad de los sueños, contaminándolos. En un principio, todo parecía ser parte de un sueño normal: diálogos ilógicos, asimetrías espacio-temporales, etc.; pero de repente todo se tornaba siniestro, por ejemplo: una mujer lo sodomizaba (fantasía común de Horacio por un largo tiempo) cuando de pronto el pene de Horacio se empezaba a prender fuego. Horacio despertaba sudado y erecto.

 

Horacio disfrutó durante algunas semanas del género Interracial.

 

Algunos sueños le hacían recordar a uno recurrente que había tenido cuando contaba con la edad de cinco o seis años. Se encontraba en la casa de su abuela materna mirando la televisión. Del televisor comenzaban a salir diferentes esqueletos vivos. Intentaban agarrarlo. Horacio sabía que era para arrancarle su pene. Despertaba con la sensación de que había perdido algo irremplazable y primordial. Estiraba el elástico del pantalón de pijama para asegurarse de que debajo siguiera teniendo su pene.

 

BDSM. Sigla que combina las letras iniciales de las palabras Bondage, Disciplina, Dominación, Sumisión, Sadismo y Masoquismo. Abarca un conjunto de seis modalidades eróticas relacionadas entre sí y vinculadas a lo que se denomina sexualidades alternativas. A veces, en el habla cotidiana, se utilizan las expresiones “sado” o “sadomasoquismo” para referirse al BDSM.

 

Había otras razones por las cuales Horacio nunca había apretado el recuadro que lo incitaba a acostarse con mujeres calientes. Algunas similares a la principal (el virus informático) como la idea de que se trataba de algún tipo de estafa o que, a partir de ese clic, alguna entidad desconocida podría sacar datos importantes de la notebook (su dirección, su nombre, etc.). Había otras, relacionadas con su personalidad: no le interesaba tener relaciones sexuales con nadie. Hacía años que el acto sexual le generaba cierto aburrimiento. Repetidas veces, había tenido ciertos problemas con el funcionamiento de su pene. A veces estaba horas sin poder eyacular. Eventualmente Horacio se aburría o la mujer se aburría, y su pene volvía al estado flácido.


MUJERES CALIENTES QUIEREN ACOSTARSE CONTIGO


Horacio disfrutó durante algunas semanas del genero Bukkake.

 

La esposa de Horacio comenzó a engañarlo unos años antes que él se jubilara. Horacio se había vuelto alguien huraño y, a medida que su cargo docente le empezó a parecer superfluo, se había dedicado a la fotografía. Solo estaba en la casa para leer, el resto del tiempo se dividía entre la docencia y sacar fotos en la calle. Ese ensimismamiento le permitía a la esposa pensar que Horacio desconocía sus engaños. Pero él sabía de ellos y optaba por ignorarlos. Al enterarse de que su esposa se acostaba con otros hombres sintió una sensación de alivio.

 

Gonzo. El término alude al periodismo gonzo, en el que el reportero es parte de la noticia. Por analogía, la pornografía gonzo coloca al operador de la cámara directamente en la acción, hablando con los actores o siendo él uno de los actores, sin separarse de la pornografía habitual.

 

El número de masturbaciones diarias que Horacio realizaba por día había crecido significativamente desde que mirar pornografía se había tornado algo habitual. Antes apenas llegaba a masturbarse tres veces en una semana. Luego pasó a tres por día hasta llegar hasta entre ocho o diez masturbaciones diarias.


MUJERES CALIENTES QUIEREN ACOSTARSE CONTIGO


Cuando el sueño recurrente donde era perseguido por esqueletos que querían arrancarle su pene se fue disipando, Horacio comenzó a irse a dormir más tranquilo. Sin embargo, siempre despertaba con la mano en su pene. La madre, que muchas veces había observado la obsesión de su hijo por tocárselo, le preguntó por qué lo hacía. A lo que Horacio respondía: “Necesito saber que sigue ahí”.

 

Horacio disfrutó durante unos meses el género JOI.

 

La pasión que alguna vez tuvo Horacio por la literatura se vio desplazada hacia la fotografía. Sus fotos se caracterizaban por un uso extraño de la luz y por tener en el centro de la imagen el objeto más insignificante de la escena. No sacaba fotos con fines profesionales, era algo así como un hobby que cubría una parte de su desinterés.

 

Horacio notó en un breve lapso de tiempo que los rollos de papel higiénico se acababan cada vez más rápido. En dos meses había llegado a comprar cinco packs de cuatro rollos cada uno. Llegado determinado momento comenzó a comprar rollos en supermercados diferentes.

 

Hentai. Es una palabra japonesa que puede traducirse como “pervertido” o “perversión”. Hentai es el nombre que recibe el género de manga (historieta japonesa) y anime (animación de dicha historieta) de contenido pornográfico. 


MUJERES CALIENTES QUIEREN ACOSTARSE CONTIGO 


Los domingos eran los días en que la masturbación ocupaba un espacio central. En esas horas muertas y vacías, Horacio solo quería masturbarse. No solo porque no había otra cosa para hacer, sino porque ese día se había transformado con el paso del tiempo en una tradición.

 

Horacio se enteró de los engaños de su esposa, en primer lugar, porque llegaba con olor a cigarrillo y a perfume de hombre. La otra pista fue que su esposa empezó a estar más callada y distante, rasgo que para Horacio delataba su culpabilidad.

 

Horacio disfrutó durante unos días del género Homosexual.

 

En algún momento posterior a su divorcio, Horacio intentó utilizar aplicaciones de citas. Fue durante esos encuentros, azarosos y aburridos, que notó la disfuncionalidad de su pene.

 

Horacio llegaba a masturbarse hasta veinte veces los domingos.

 

Desconocía las razones de la disfuncionalidad de su pene. Creía que el hecho de haber pasado gran parte de su matrimonio con poca o nula actividad sexual debía haber dejado algún tipo de secuela. El exceso de pornografía, quizá, también.

 

En la adolescencia, Horacio, al igual que el resto de sus compañeros varones, dibujaba obsesivamente penes en las hojas o en los bancos del colegio.

 

La única manera que Horacio tenía de eyacular en el periodo posterior a su divorcio era pura y exclusivamente masturbándose por su cuenta. 


MUJERES CALIENTES QUIEREN ACOSTARSE CONTIGO

El acto de mirar pornografía se convirtió, con el paso del tiempo, en un ritual. Primero se desnudaba de cuerpo entero; luego, se sentaba en la silla de su escritorio, frente a la notebook; colocaba el rollo de papel higiénico a su izquierda; elegía un sitio pornográfico gratuito; miraba algunos videos completes hasta que finalmente seleccionaba uno que era digno de su eyaculación.

 

Fisting. Es un término inglés con el que se designa la práctica de la inserción braquioproctal o vaginal. Un acto sexual consistente en la introducción parcial o total de la mano en el recto o la vagina de la pareja. Es una práctica considerada como extrema, y se suele recomendar que no se lleve a cabo sin los necesarios cuidados previos (desinfección, limpieza, guantes de látex, lubricante, etc.) y posteriores (dilatación paulatina).

 

Un día la madre de Horacio recibió una llamada del colegio. La directora, con una voz férrea y clara, le pidió que asistiera al colegio para una reunión. La madre, entre enojada y asustada, atendió a la cita.

 

Horacio disfrutó durante unas horas del género deepthroat.

 

Cuando la madre de Horacio se sentó frente a la directora del colegio, supo que nada bueno iba a ocurrir. La directora comenzó a explicarle que Horacio había estado mostrando su “miembro” (la incomodidad de la directora se mostraba en la articulación de cada letras) a compañeros y compañeras. Y, peor aún, había estado tocándoles el “trasero” a sus compañeras.

 

A veces, el ritual de masturbación de Horacio sufría algún tipo de variación. Por ejemplo: en vez de solamente observar los primeros videos, antes de elegir el que era digno de eyaculación, empezó a mirar mientras comía algo (por lo general, snacks).

 

Horacio comenzó a notar, luego de que mirar pornografía se tornara algo habitual, que sus deseos de masturbación aparecían en los lugares más extraños: cuando daba una clase sobre vanguardias históricas, cuando esperaba que lo atendieran en la panadería, etc. Tan solo cedió ante el deseo una vez: estaba en un restaurant, comiendo con un amigo, cuando el deseo de masturbarse lo atacó. Fue hasta el baño y se masturbó ahí.

 

Cuando la madre de Horacio volvió de la reunión con la directora del colegio, le enseñó a su hijo (que no tenía más de once años), a fuerza de golpes e insultos, que no debía ni mostrar su “miembro” ni tocarle el “culo” a sus compañeras. 


MUJERES CALIENTES QUIEREN ACOSTARSE CONTIGO

El anuncio aparecía esta vez como un pequeño recuadro en el medio de la pantalla, impidiendo hacer clic en otro lado. Alejado del recuadro, en la esquina superior derecha, había una pequeña cruz para cerrar el anuncio. Horacio dudaba. Si apretaba, quizá se encontraría con alguien. Imaginaba que ese alguien femenino estaría también atravesado por la experiencia pornográfica y que sería similar a él. También pensó que podría materializar algunas de sus fantasías con dicha persona imaginaria y que ella podría materializarlas en él. La sublimación de sus más retorcidos deseos estaba al alcance de su mano. Tan solo bastaba un clic.

martes, 26 de julio de 2022

Los problemas de un problema

… es una expresión, una manera de decir


1 Nunca dudaba cuando me preguntaban si era feliz. Tan solo respondía: “Sí, bastante” sin siquiera pensar si mentía o decía la verdad. Es como cuando te preguntan el nombre o la edad: la introspección no parece necesaria.

1.1 No sé bien el por qué esta introspección ocurre ahora. Años, meses, días, horas, minutos, segundos, pensando y parece que solo ahora pienso realmente. Los recuerdos, los pensamientos, las cosas que están en mi mente, emergen solos, sin que los llame.

1.11 Cosas: no encuentro una mejor manera de definir lo que uno aloja en la mente. Hay recuerdos pero también pensamientos que articulan las diferentes ideas. La mente incluso aloja cosas de las cuales ignoramos su existencia. “Cosas”, cosas que, al no presentarse nítidas, intentamos vanamente delimitar, trazando sus contornos, para luego pensar que esos contornos caben en las palabras.

1.2 La mente es como una especie de casa con un altillo oscuro, en el que guardamos las cosas que más odiamos, apilándolas, para no tener que verlas. Con el tiempo nos vamos olvidando de ellas hasta que el altillo se vuelve insoportablemente molesto. Nos abruma su existencia, hasta que nos obliga a ordenarlo.

1.3 Las personas se interesaban continuamente por mi felicidad. La vida no había sido injusta conmigo: tenía salud, plata, un trabajo, un lugar donde vivir; veía a mis amigos regularmente, tenía relaciones amorosas, etcétera. Todo ello a la edad de treinta y tres años. Seguramente, esto debió ser percibido, incluso envidiado, por los demás.

1.31 Ignoro la exactitud de mi edad. Sé, imprecisamente, que tengo 33 años. Desconozco los meses, los días, las horas, los minutos y los segundos en los que mi existencia ha estado transcurriendo. Decir que soy “joven” es tanto o más impreciso.

1.4 La pregunta logró repetirse interminablemente en mi cabeza, hasta adquirir, en determinado momento, importancia. La pregunta dejó de exigir la repuesta sencilla, ahora inquiría una compleja, aun no formulada. Intenté, inútilmente, acertar siquiera una palabra pero quedé sola frente al silencio.

2 Las palabras me resultan inútiles. Los significados se dispersan, se confunden, carecen de exactitud. No hay una posibilidad real de que sea comprendida por los otros. Las intenciones primeras que guían esta selección de palabras no serán, no podrán ser, comprendidas.

2.1 El uso de las palabras, mi uso de las palabras, para describir mi situación, su profundidad, responde más a la resignación que a la creencia firme en ellas. (No creo tampoco que nadie más que yo logre entender que significa, aquí, “profundidad” o “resignación”.)

2.11 Zoe Amenábar, mi nombre, incluso, ha persistido por resignación. El nombre pasará de definir a una mujer, profesora de filosofía, de pelo rubio, blanca, de ojos verdes, de complexión media, de voz suave, a definir la nada, absoluta y total.

2.12 “Rubio”, “blanca”, “verdes”, “media”, “suave”: ninguna de estas palabras le permitirá a nadie siquiera imaginar quién o qué es Zoe Amenábar.

2.2 No creo haber sido siempre así. La enfermedad, este mal que me muerde, ha, tan solo, aparecido, emergiendo, como nuestro alrededor cuando uno abre los ojos.

2.3 Intento buscar la palabra justa, la que mejor exprese las cosas que ocurren en mi mente. Cada intento resulta exhaustivo, hasta que, finalmente, renuncio a mi entusiasmo por siquiera contar una anécdota banal, de mi vida rutinaria.

2.31 Una demostración de esto ocurrió en mi estudio. Mecanografiaba una carta dirigida a un familiar pero, y sin advertirlo, las palabras se comenzaron a atomizar. No había palabra que pudiera definir bien qué era lo que quería decir. No sabía, no podía saber, qué comprendería el otro de mis palabras.

2.4 La imposibilidad de encontrar las palabras que puedan describir el mundo que me rodea y expresar aquello que me sucede internamente, hace que me sienta la única mujer, la única persona, que es real.

2.41 Solo, y únicamente, mis palabras poseen un sentido indudable. Las palabras del otro resultan incomprensibles, herméticas, volviéndolo a él, el otro, lejano e irreal.

2.411 Sentido: tiene dos interpretaciones básicas. La primera: la dirección en la que algo se dirige. La segunda: la inserción de algo en una cadena de significados. Ambas son correctas en este uso.

2.412 Muchos hombres y muchas mujeres me han dicho cosas tales como “Te quiero”, “Te amo”, “Sos muy linda”, etcétera, a lo largo de mi vida. Ninguna de esas veces significó, logró significar, algo.

2.43 La irrealidad del mundo, sin embargo, pareció quebrarse, fugazmente, un día en la calle cuando volvía de dar clases. Mientras esperaba que el semáforo se pusiera en rojo para poder cruzar, en el otro lado de la calle, en la otra vereda, vi a una mujer que caminaba en dirección opuesta. Por su manera de caminar, por su pelo rubio y por su perfil me reconocí en ella.

2.5 La inutilidad de las palabras, tanto propias como ajenas, me hace sentir que mi cuerpo flota suspendido, sin discernir tiempo y espacio, en el vacío universal.

3 Las llamadas telefónicas siempre me han causado un vértigo inusual. El terror de escuchar una voz sin ver el cuerpo, siquiera la boca, de quien expele las palabras es, debe ser, lo que lo provoca.

3.1 No tiendo a levantar el teléfono. A veces, el miedo al vértigo es mayor que la curiosidad. Dejo que el teléfono suene hasta que la persona deje un mensaje en la máquina contestadora. Entre el momento en el que el mensaje queda listo para ser reproducido y el momento en que lo escucho, hay un número inexacto de horas en las que me preparaba para hacerlo.

3.11 Hay veces, las menos, que, sin embargo, levanto el auricular. Ocurre tan solo a las 11:45 y a las 16:30, que son horarios en los que llaman compañías telefónicas o de tarjetas de crédito mediante máquinas automáticas, con las cuales me siento menos culpable de colgar la llamada.

3.2 Hace unos días alguien llamó y, quizá, si no hubiera atendido no me encontraría, ahora, en esta posición, en este estado. Al levantar el auricular, una voz llegó del otro lado. Era una voz suave que sonaba conocida. Sin más, la voz me pedía que nos encontráramos en una plaza, a una cuadra de mi departamento. Aunque asustada, asistí, precavida, al encuentro. Al llegar, la vi. Era una mujer, de pelo rubio, blanca, de ojos verdes, de complexión media.

3.21 La mujer me pidió que me sentara en un banco de madera en la misma plaza. No había rasgo ajeno que no se asemejara a los propios: la manera de peinarse, la manera de hablar, el tic nervioso de rasgarse el muslo.

3.22 No tardó en explicarme que no era un espejismo, que éramos, en esencia, la misma. Aunque me mostré intranquila por afrontar el hecho, no tardé en considerar que su aparición podría liberarme de mi enfermedad.

3.23 Al decir que me gustaba salir a caminar cuando el sol está bajando, ella comprendía con exactitud qué tanto, cómo y por qué me gusta salir a caminar cuando el sol está bajando. Podía sentir, de mi misma manera, la pureza de ese enunciado, como si el sentimiento estuviera impreso en su mente.

3.3 Zoe Amenábar, la otra Zoe Amenábar, y yo comenzamos desde ese entonces a conversar regularmente. Nos encontrábamos en la plaza de siempre, cuatro veces a la semana. Ignoro dónde iba ella después. Otras veces caminábamos juntas, hasta perdernos por las calles, olvidando los restos irreales del mundo.

3.31 Tímidamente, la invité a mi departamento. Ella entendía a qué la invitaba, el por qué. No desconocía nada de lo que le dije. Hablamos horas, horas que parecieron minutos. La cama nos pudo contener a ambas. Esta mañana, la mañana siguiente, no había rastros de una persona en la casa más que yo.

3.311 La melancolía renace rabiosamente en mí. Los temores, la fobia, la irrealidad, emergen, nuevamente, furiosos. Ingeriré cuantas pastillas pueda hasta que el silencio sea lo único que logre escuchar. No habrá más cosas, no habrá más palabras, tan solo la nada, absoluta y total.


a Amparo Franchi, por la conversación infinita