martes, 21 de diciembre de 2021

El perfume de todas esas fiestas

Te prometemos que en la alegría

y la risa del festival nadie osará

dar una interpretación siniestra

a tu repentina vuelta a la forma

humana.

 

El asno de oro, Apuleyo

 

 

I

 

Hacía tiempo que la enfermedad había empezado a esparcirse por la ciudad. Los noticieros y diarios no tardaron en compararla con la peste que azotó a Tebas o la peste bubónica. Los cuerpos caían en la calle y se quedaban ahí hasta pudrirse. Eso al principio. Después empezaron a pasar camiones recolectores de basura, destinados a los cadáveres. Nadie sabía exactamente hacia dónde se los llevaban. La gente simplemente se sentía aliviada de no ver los cuerpos putrefactos, apilados en pequeñas montañas, en las veredas o en los cordones.

La peste no distinguía entre clases, ni edades, ni colores de piel. Atacaba a todos por igual. Los primeros síntomas eran dolores de cabeza y corporales. A eso le seguían síntomas similares a la tuberculosis. También se producían agudos dolores, repentinos vértigos. La marca distintiva de esta enfermedad era que dejaba unas manchas rojas: primero, unas pequeñas en el pecho y después en todo el cuerpo, de distintos tamaños, como si se tratara de la lepra. Nadie -por lo menos que él conociera- sabía bien cómo se contraía la enfermedad. Un día tan solo venía y te mataba lentamente, hasta que no quedaba nada, ni una sombra de vida.

 

 

II

 

Corría un viento cálido y húmedo, que volvía denso todo movimiento y toda quietud. Los autos pasaban por el boulevard Liverpool: cabriolés, meharis, BMWs, Volkswagen… La gente se paseaba despreocupada, mirando los autos y a sus conductores, o charlando, pero sobre todo ignorando los cuerpos caídos. Franz von Prosper observaba, acodado en la terraza del bar Solaris, mientras fumaba un cigarrillo Otrov. En la otra cuadra, en dirección para la plaza Libertador, reflectores proyectaban su luz en el cielo oscuro y vacío. A su encuentro asistían, como si fueran polillas, parejas vestidas de gala. Era, según había escuchado decir a unos de los mozos, la inauguración del boliche Óneiros. Solo había oído rumores de ese boliche: que se había construido para hacer orgías enormes, que los dueños eran gente de alta alcurnia y un largo etcétera de hipótesis tan descabelladas como posibles. Había pasado frente al edificio hacía no más que unos días. Gran parte de la estructura estaba tapada por un telón traslúcido negro, por el cual se entreveía la monstruosa construcción. Estaba cimentada por columnas de estilo clásico que iban de la vereda al techo. Lo ornamentaban gárgolas y pequeños recuadros tallados con formas de flores. Era semejante a una casona antigua de tamaño colosal. El último piso estaba protegido por paneles de vidrios de múltiples colores y por los cuales salían luces candentes.

Sintió hondos deseos de caminar por la ciudad. Tiró unos billetes arrugados en la mesa y bajó de la terraza del bar hacia la calle. Caminó a la par de todos esos hombres y mujeres engalanados. No había uno que no tuviera saco y corbata, o una camisa abombada con estampados psicodélicos metida en los pantalones. Algunos llevaban anteojos tanto de ver, como de sol. Las mujeres lucían bellos vestidos de terciopelo, de seda o de lentejuelas, de los más extravagantes colores: dorado, cobalto, esmeralda, plateado… Unas iban con vinchas emplumadas o antifaces que parecían tan suaves como la propia piel. Cruzó el boulevard, quedando en una esquina oscura, opuesta al Óneiros. Los veía entrar, esbozando risas lobeznas, entre el humo denso de los habanos y cigarros.

Y de repente, el tiempo pareció detenerse.

Todos voltearon la cabeza para dejarla quieta ante un maravilloso Chrysler negro de capot largo, con los repuestos a los costados, pulido de tal manera que todo se veía reflejado en él: la gente, sus caras, las luces… Frenó en la puerta del Óneiros. De aquel magnifico auto bajó una mujer. Alta, rubia, esbelta, vestida con un largo vestido carmesí, zapatos de taco aguja y cubierta por un tapado de piel negro. Los fotógrafos, carroñeros por naturaleza, se agolparon en un costado ante la misteriosa mujer. Gritaban su nombre, pero por el revuelo y la distancia von Prosper no logró escuchar nada. La mujer caminó por la alfombra de entrada y ante el pedido de las fotos, miró hacia los paparazzi. Los fulminó con la mirada, bajo una pálida máscara que reflejaba el rostro más inerte, como si de una estatua se tratara.

 

III

 

Quizá por el aburrimiento, quizá por el sentimiento de angustia que lo laceraba en las noches, cuando oscurecía Franz von Prosper caminaba por la ciudad. Vagaba sin rumbo por las calles semivacías, en las que se paseaban los linyeras, los noctámbulos y las prostitutas, intentando aflojar la cuerda que tanto lo asfixiaba. A veces, incluso en las horas más altas de la noche, pasaba por el club de ajedrez frente a la plaza Libertador y jugaba una partida con algún viejo insomne, no menos apesadumbrado que él. Franz von Prosper tendía, también, a evitar la luz de luna cuando caminaba en la noche. El viento era lo único que acompañaba sus pasos. Soplaba con tal fuerza, a veces, que las ramas indómitas de los arboles parecían aplaudir en la oscuridad vacua.

En una de esas caminatas, quizá una de las más largas (o por lo menos así lo sintió), pasó por el club de ajedrez. Raramente, estaba cerrado. No había ni un viejo, ni un joven, ni algún instructor. Nadie. Por casualidad, quizá, terminó frente al puesto de diarios que había a un lado del club. Estaba cerrado pero en un lateral se mostraban los diferentes diarios y revistas. Había muchas tapas con titulares sobre la peste. Fue ahí cuando la vio. Cubría la tapa de una revista desconocida. La mujer del Óneiros salía nuevamente con la máscara de rostro inerte. La coronaban sus pelos rubios y vestía de la misma manera de la última y primera vez que la había visto. Se leía un nombre: Camille Rouge-Mort.

 

IV

 

No eran apenas las cuatro de la madrugada cuando recibió un llamado a su departamento. A oscuras y somnoliento, levantó el teléfono con dificultad y preguntó quién era. No escuchaba nada. Era un silencio con estática. Luego, empezaron a brotar palabras inconexas, entrecortadas por la mala señal. Distinguió algunas: “muerte”, “sala”, “gente”, “ruido”, “enfermedad”. Después un nítido “Hola”.

-¿Hola? –preguntó Franz von Prosper pero al instante que lo dijo, la llamada se cortó.

No se pudo volver a dormir. La llamada ya lo había despertado del todo. El cansancio le hacía sentir el cuerpo ligero pero golpeado. Lo acribillaban las luces de la calle que se filtraban por lo agujeros de la persiana. Prendió el velador. Agarró la caja de cigarrillos Otrov y puso uno en sus labios. El humo grisáceo subió en un remolino, girando lentamente sobre su eje. Apagó el velador. La única luz era la de la punta de su cigarrillo. El teléfono sonó de nuevo. Atendió. Una voz murmurante dijo:

-Mis ojos, por haber sido puentes, son abismos.

Luego el silencio y el sonido de la llamada colgándose. Franz miró extrañado el teléfono y colgó.

No hubo más llamadas.

 

V

 

Lo habían invitado a la fiesta dos días antes, entre vasos de vino, olor a porro y música envolvente. No sabía exactamente qué hacía ahí –no recordaba conocer a alguien que estuviera invitado y del bulín tenía un vago recuerdo: perderse en su estructura laberíntica, hasta llegar a un salón de luz roja tenue donde un hombre vomitaba pequeñas bestias negras. Tan solo aceptó la propuesta por alguna extraña razón que él desconocía o prefería ignorar. La casa se encontraba en el borde del casco urbano. La fachada de la casa era pequeña. Estaba encima de un anticuario y se entraba por una puerta a la derecha señalizada con el nombre del lugar: Das Labyrinth. Al llegar al lugar sintió ebriedad. La noche era húmeda y densa. La ciudad sudaba un olor festivo.

La gente estaba en la sala principal. Subió las escaleras angostas de madera y, en la encrucijada del pasillo y dos puertas, entró por la del medio. El living estaba iluminado con luces LED que alternaban aleatoriamente entre diferentes colores. Habían puesto mantas en las ventanas para que no se filtrara la luz de los postes de la calle. Todos bailaban poseídos por la música electrónica que hacía temblar las paredes. El olor a porro lo golpeó en la cara al entrar. Distinguió a dos o tres conocidos. De uno de los baños (recordaba que había dos más en toda la casa), salían ajetreadas personas sobando sus narices, mujeres bañadas en glitter, transpiradas, y muchos hombres con lentes oscuros excitados. Dispuestas sobre una mesa estaban las botellas de vino, vodka, gin, agua tónica y cerveza. Se sirvió vino tinto en un vaso descartable. Bailó un rato al ritmo de la música, perdido entre la gente, la sudoración y el humo, afiebrado por las baterías electrónicas en loop retumbando desde los parlantes.

Cuando se sintió asfixiado, salió hacia un patio interno, que era a su vez un lavadero, adornado con cajas de plástico donde había envases vacíos, mangueras, unos canteros con plantas muertas. Había un largo pasillo que iba hacia otra parte de la casa, hacia otro patio interno. Prendió un cigarrillo. Las luces cambiantes lo salpicaban de vez en cuando, pero no lo suficiente como para notar algo. Lo único que iluminaba nítidamente era la punta del cigarrillo consumiéndose en cada calada. A veces, salía alguno que también iba a fumar o a charlar un rato entre amigos. En ningún momento Franz sintió el interés de entablar diálogo con alguno, ni siquiera con las mujeres. Fumaba, con cierta parsimonia, observando a cada persona, perdido en sus pensamientos, que variaban entre la mujer del Óneiros, el cuerpo putrefacto sin ojos que había visto unos días antes en la calle, la posibilidad de enfermarse y quedar ahí, en la calle, muerto, pudriéndose sin que quedara un rastro de lo que él creía -que sabía- que era en ese momento: un hombre.

Al quedar solo en el patio, Franz escuchó, con más fuerza que antes, el silencio. Miró hacia el pasillo. Vio que algo, o alguien, salía de una puerta justo en el medio del pasillo. Tan solo vio la silueta: un hombre musculoso, más alto que él, a pesar de la distancia. De la cabeza sobresalía lo que parecían ser unos cuernos imperiosos y firmes. Franz se sintió extrañado a medida que esa silueta sea alejaba. No se contuvo y lo siguió por el extenso pasillo. Sentía que a medida que avanzaba, el pasillo cada vez se hacía más largo, volviendo cada paso un paso inútil. Al llegar al final del pasillo dio con una bifurcación. A su izquierda tenía unas pequeñas escaleras que daban a un patio más amplio que el anterior, funcionando a la manera de una terraza; a su derecha una escalera profunda que bajaba.

Primero subió las pequeñas escaleras para comprobar que aquella misteriosa figura no se hubiera escapado por ahí. Dio con más canteros de flores muertas y una amplia ventana francesa que permitía el acceso a la casa. Comprobó que las puertas no se abrían. No había manera de que alguien, o algo, hubiera entrado por ahí.

Volvió a la bifurcación y bajó por las escaleras. Colgaban de las paredes enredaderas negras, petrificadas, envejecidas ya por los días y los años. Los escalones se terminaban antes del final. Alguien había puesto una chapa para hacer de puente. La atravesó con cuidado, flaqueando en cada paso, temeroso de tropezar. El ruido de los pasos sobre la chapa temblorosa se repitió infinitas veces, cada vez más bajo hasta no escucharse nada. Llegó hasta una especie de patio pequeño cubierto por un techo de chapa. Había palets, baldes y cajones de madera diseminados por el lugar. Una puerta corrediza algo oxidada revelaba una sala. Entró empujando y, aunque la puerta apenas se movió, logró entrar.

La sala estaba aún más oscura que el afuera. No había interruptores ni ningún tipo de lámpara. Se filtraba de entre unas ventanas rectangulares que bordeaban las paredes en la parte superior la opaca luz de la noche. A tientas, Franz von Prosper avanzaba. El panorama no era diferente al patio de donde venía: palets, baldes, cajones de madera. En la pared opuesta dio con una nueva puerta oxidada. Está sí se movió. Caminó, rodeado de torres de muebles antiguos de madera nacarada que formaban un estrecho pasillo. Comprendió que estaba en el anticuario. Dio con una bifurcación, avanzó por la izquierda. Escuchó un ruido detrás suyo. Al darse vuelta se encontró con una silla estilo persa, volteada, y, yéndose por donde él vino, un gato blanco con una mancha negra en la cabeza corriendo (o eso creía que era). Siguió su camino. El olor a humedad y a viejo era interminable. Podía ver, en la poca luz que parecía filtrarse de algún lado, el polvo arremolinándose. Las bifurcaciones se hacían, a su paso, más frecuentes. Optó por seguir los caminos de la izquierda porque, recordaba, esa era la manera de no perderse en los laberintos. Vio diferentes piezas de anticuario: alfombras persas, sillas bizantinas, El origen del mundo de Courbet, dagas del imperio otomano, pipas para fumar opio (probablemente del siglo XII), una tela de Watts de 1896. No dio, sin embargo, con ningún hombre, con ningún ser vivo más que con el gato. Hasta llegar a la sala principal, pensó que el lugar se encontraba vacío pero, detrás de una puerta, escuchó ruidos y luego un golpes, como si algo o alguien quisiera salir de esa pequeña habitación. Empavorecido, retrocedió sobre sus pasos.

Estaba, una vez más, en el patio con techo de chapa. Escuchó cómo alguien o algo se escabullía por la escalera pisando el puente que unía la escalera rota. Corrió a su encuentro. Vio nuevamente a esa figura musculosa alejándose en lo alto de la escalera. Lo siguió. Esta vez había doblado en el otro lado de la bifurcación, hacia el patio-terraza. Se había metido por la ventana francesa. Extenso, el pasillo iba de punta a punta. Una al lado de la otra las habitaciones se mostraban idénticas. Todas se encontraban vacías, sumidas en la penumbra. Algunas tenían la puerta cerrada. Al final del pasillo había una puerta. La abrió y se encontró nuevamente con la gente bailando. Pronto, se dio cuenta de que se había perdido y que aquel ser se debía haber ido por otra de las puertas. Cerró la que tenía enfrente e intentó abrir otras de aquel pasillo. No había más que salas vacías y oscuras. Pensó que su búsqueda ya era inútil, que no encontraría a esa persona, a ese ser musculoso, con lo que parecían ser dos cuernos imperiosos y firmes brotándole de la cabeza. Abrió donde estaba toda la gente bailando y dejó atrás ese laberinto de puertas y escaleras.

 

VI

 

Los rayos del sol refulgieron sobre su cara, despertándolo. Estaba -de a poco se fue dando cuenta- en el amplio living donde horas (por no decir días, pues para Franz no había continuidad alguna entre aquella fiesta y este amanecer triste) antes había estado bailando, entre el humo y el calor. Ahora, no había ni un rastro de una fiesta. No había rastros tampoco de gente, ni un ser vivo aparente, más que alguna cucaracha que había visto beber de un vaso casi vacío. Rápidamente se incorporó, su traje no estaba para nada desarreglado. No lograba recapitular los hechos hasta que se había dormido. Se sinceró consigo mismo: no recordaba nada de la fiesta. El recuerdo era como una gran ciénaga pantanosa en la que todo parecía lo mismo y por la cual no se podía avanzar más que lentamente, tornando cualquier tentativa de llegar algún lado inútil.

Inspeccionó brevemente la casa. No había nadie. Nadie. Ni los conocidos, siquiera los dueños de la casa se encontraban. Tan solo él. Bajó por las escaleras. Al abrir la puerta principal, se sorprendió de dar con la calle. No entendió bien el por qué. Salió, tapándose los ojos con la mano a modo de visera. El sol quemaba. La calle estaba desierta: no había autos, gente, ni cuerpos putrefactos. Sintió una honda melancolía a la que no era ajeno. Caminó en dirección a la calle. Efectivamente, no se veía ni un solo auto, ni yendo, ni viniendo de la ciudad. El anticuario permanecía cerrado. En la persiana metálica, había un gran mapa. Lo observó con detenimiento. No tenía señalizaciones. Sabía que se trataba de su ciudad. Las intersecciones de las calles la delataban, pero no había ni boulevard Liverpool, ni la plaza Libertador, etc. El único lugar marcado era el boliche Óneiros. En el margen derecho inferior del mapa se leía en letras grandes:

 

USTED SE ENCUENTRA EN NINGUN LUGAR

 

VII

 

 

El taxi era un monumento móvil a lo kitsch. Estampas de santos, rosarios colgando del retrovisor, en los asientos había almohadones que tapaban todas las zonas que el taxista usaba. En la radio sonaba un tango que Franz von Prosper desconocía pero que el hombre cantaba con emoción, sin dudar ni equivocarse. La noche caía limpia, sin una estrella. Pensaba –mientras el taxi avanzaba hacia la fiesta- que esta escena se repetía todo el tiempo: él, en una taxi, con un tango que ignoraba sonando, yendo hacia una fiesta donde no conocía a nadie o a casi nadie, donde tomaría hasta olvidarse de todo: de los cuerpos putrefactos apilados en la calle, de Camille Rouge-Mort (que cada día aparecía más en su cabeza pero a quien  no había podido volver a ver), de quién era, de todo. Todo.

Estaban cerca de la fiesta. Pararon en el semáforo en rojo, junto a una estación de servicio olvidada. Por detrás emergía la colosal estructura de la estación de trenes. El taxista seguía cantando con fervor. El segundero lentamente se extinguía. Delante del auto (era una especie de cruce entre Ford Taunus y Ford Falcon), cruzando la calle, apareció una mujer vestida de gala. Automáticamente, Franz pensó en la mujer del Óneiros. Esta, la que estaba cruzando la calle, iba vestida diferente: un vestido negro de lentejuelas la cubría, zapatos estilo plataforma negros, unos aros en forma de triángulo con un ojo en el medio. Era morena y no llevaba máscara. Ambos la miraban cautivados mientras cruzaba. Al llegar a la estación de servicio, se escabulló entre el alambrado que la rodeaba, abriendo una brecha ya hecha con anterioridad. Tanto Franz como el taxista se extrañaron ante semejante evento.

-¿Alguna vez vio algo similar? –preguntó Franz. Pero la pregunta cayó en el vacío. El taxista seguía viendo a la mujer con interés. Vio cómo, más allá del alambrado, la mujer se metió a la estación como si fuera su hogar. Sin ningún tipo de aviso, el taxista se bajó del taxi y se metió por la brecha. Franz, resignado y confundido, lo siguió. El alambrado casi rasgó su traje. El taxista ya se había metido en la estación cuando él apenas se incorporaba tras pasar la brecha. La oscuridad era total. Al fondo vio una luz.

Al entrar a la sala, dio con un fogón en el medio. El taxista estaba más acá, cerca de donde estaba Franz, mirando la escena, no sin cierta lujuria. La mujer se estaba desvistiendo lentamente, ignorando por completo a los intrusos. Dejaba las prendas sobre un colchón algo viejo, que parecía ser el lugar donde dormía. Una vez desnuda se fue achicando. Su piel fue tornándose más oscura, empezaron a salir unos primeros pelos negros. Emitía, mientras se achicaba aún más, unos maullidos mezclados con gritos humanos. Finalmente se transformó –era previsible- en una gata negra de ojos pardos.

 

VIII

 

Las piezas de ajedrez permanecían quietas sobre el tablero, esperando que alguno de los dos contrincantes las movieran. Franz von Prosper se encontraba apoyado en una de las columnas fumando un cigarrillo Otrov, viendo cómo los viejos empezaban una partida nueva. Ya era de noche nuevamente. Los hombres discutían sobre sucesos extraños que habían ocurrido recientemente en sus vidas. Franz nombró, vagamente, el incidente de la mujer-gato y el taxista. Todos lo ignoraron, quizá por lo bajo y lacónico de su voz. Uno de los hombres explicaba que había estado recibiendo llamadas extrañas. Siempre que atendía alguien le relataba los últimos minutos de su vida. Otro, no tan angustiado, decía ser visitado por una mujer todas las noches que le hacía revivir su pasado, cuando bailaba tango. Nadie, por supuesto, desconfiaba de lo que el otro narraba.

Franz von Prosper tomó coraje y expuso su obsesión por la mujer que había visto muchas noches atrás en el Óneiros.

-Vos hablás de Camille Rouge-Mort –le contestó uno de los viejos.

-Sí, ¿usted la conoce? –respondió Franz, intrigado.

-Conocerla, como conocerla… No –respondió raspándose la sien derecha con un dedo-. La he visto en las revistas y diarios. Está casada con un tipo de alta alcurnia. Nunca nadie la ha visto sin esa máscara que lleva todo el tiempo. No es de esta ciudad. Su marido, el barón de Nulle-Part, la conoció mientras estaba afuera, no sé dónde. Los periodistas estaban ansiosos por lograr una foto de ella. Nunca se había mostrado. Aquella vez que vos decís, Franz, fue la primera vez que se la vio de cuerpo entero… para que te des una idea.

Franz comprendió que, quizá, volver a encontrarse con la mujer era algo imposible. La mujer en sí –pensó en su momento- solo estaba reservada a algunos pocos: su marido y su familia. No comprendía por qué esto le generaba mucha más angustia que cualquier otra cosa. Verse muerto por la peste, por ejemplo, le resultaba menos atroz que no lograr siquiera cruzar una palabra con Camille Rouge-Mort.

-¿No hay manera de encontrarla en algún lugar? –preguntó, esperanzado.

-Dicen –interfirió otro viejo – en el diario, que va a estar presente en la próxima fiesta. Ahí, en el Óneiros. El barón es dueño de ese lugar. Lo construyó justamente para ella.

 

XIX

 

Luego de varias vacilaciones sobre cómo conseguir entrar al Óneiros, Franz von Prosper recordó algunas amistades olvidadas por el paso del tiempo. Tres llamadas bastaron para lograr conseguir la entrada a semejante lugar. Le dijeron fecha y vestimenta: trajeado elegante y una máscara.

Llegó casi puntual. El boulevard Liverpool y el boliche parecían no haber cambiado desde la última vez. Los paparazzi se agolpaban sobre los autos elegantes, sobre las mujeres tan hermosamente vestidas y los hombres con su aire de superioridad irreversible. En el aire volaban papeles plateados. Los gritos fueron la única música que Franz von Prosper logro oír antes de entrar. Una vez dentro, se dejó cautivar por el lugar. Observó que el adentro era mucho más grande que el afuera. Los salones eran enormes y estaban decorados bajo diferentes temáticas: babilónica, bizantina, macedónica, etc. Anduvo por algunos de ellos, vagando sin rumbo predeterminado y aceptando las copas que los mozos traían en bandejas de plata. No veía a Camille. Sabía que su máscara resaltaría entre todo ese carnaval. Su imagen, la imagen de la máscara, le resultaba vívida. No importaba qué tan relucientes o extravagantes fueran las de los invitados, la de Camille tenía algo que, a pesar de escaparse de una definición precisa, a Franz se le hacía inconfundible. Había todo tipo de máscaras: de media luna, con antifaz dorado, ovaladas horizontalmente; muchas de ellas, incluso, le recordaban a las estatuas del Parque de los monstruos, que creía haber visto en un libro de arquitectura.

 Subió por las amplias escaleras de mármol todos los pisos, sin reparar sino en el último donde esperaba encontrarse con la tan soñada mujer. Este carecía de temáticas. Cada sala estaba decorada bajo un color. La escalera daba directamente al salón rojo, le seguía el azul y, de ahí, el rosa y el amarillo… Hacia el fondo se encontraba una sala, la última, con cortinajes y alfombras de terciopelo negro. Un largo reloj de ébano se erigía amenazante. 

El lugar estaba lleno. Franz von Prosper no pudo impedir el sentimiento de que no pertenecía a aquel mundo opulento, cubierto de ropa de diseñador y perfume importado. Se sentía extranjero ante aquellos que efectivamente lo eran. Porque era cierto: nadie, absolutamente nadie, era de la ciudad. Eran amigos de la familia del barón o de la mujer por la cual Franz andaba al acecho.

Vagó nuevamente sin rumbo, tomando de las copas que llegaban a él como a su llamado. Fumaba un cigarrillo Otrov, algo a escondidas para que no se notara la marca. El resto de invitados fumaban Lijek, o unas bellamente ornamentadas pipas de madera. Muchas mujeres utilizaban unas boquillas negras que, a la luz, parecían estar nacaradas. Entre la incomodidad y el abuso de las copas (ya le era imposible hacer un conteo), las ganas de ir al baño acudieron.

Limpió su cara con agua. El no estar escondido bajo una máscara se asemejaba, curiosamente, a estar desnudo. La gente pasaba, mientras él permanecía frente al espejo, viéndolo con miradas juzgadoras –él sabía, por la manera en la que frenaban ante su presencia, que lo juzgaban silenciosamente debajo de las máscaras carnavalescas. Rápidamente se puso la suya y salió de nuevo a las salas de colores. El amarillo, el color de la sala por la cual había salido, hacía de algunas máscaras algo grotesco. Especialmente aquellas que eran totalmente negras. Siguió buscando a la mujer. Era imposible que no estuviera ahí, entre toda esa gente de rostro grotesco. Notaba que algunos se detenían a mirarlo pero eran los menos. La mayoría bailaba al ritmo cíclico de la música electrónica que parecía detonar los altoparlantes ocultos en las paredes. Dentro empezaron a volar los mismos papeles plateados que había visto afuera, tiñéndose del color respectivo de la sala.

Y de repente, el tiempo pareció detenerse.

La vio ahí, parada entre la gente ebria de la sala azul. Tenía nuevamente aquella máscara de rostro inerte, similar a una estatua, y un vestido carmesí. Lo miraba fijamente, inmutable. Franz sintió una mezcla rara entre certeza y desconfianza. Sin siquiera darse cuenta, comenzó a caminar hacia la mujer. No podía pensar en otra cosa que sentir, mínimamente, su cuerpo. La mujer comenzó a caminar hacia el sentido contrario, alejándose de Franz von Prosper. Él, por su parte, apuró el paso. La mujer lo imitó. A medida caminaba, y el caminar se transformaba en correr, sentía cómo la música subía de volumen haciendo retumbar su cuerpo. Sentía el corazón palpitar. La mujer escapaba de él sin mirar para atrás. Franz von Prosper sabía que se estaba quedando sin salas.

Faltaban solo dos para llegar a la última, la negra con el reloj de ébano, cuando Franz se dio cuenta de que a su alrededor la gente comenzaba a desmayarse. Algunos de ellos mostraban las marcas de la enfermedad: pequeñas manchas escarlata en los pechos desnudos y en los brazos. La gente –se dio cuenta- moría.

Al llegar a la última sala, la música se transformó en ruido. Un ruido inhumano, fuera de los producidos con instrumentos de este mundo. Camille Rouge-Mort estaba parada junto al reloj de ébano.

-¿Quién sos? –preguntó Franz, jadeando.

La mujer permaneció callada. Luego, Franz escuchó que una voz femenina le hablaba.

-Mis ojos, por haber sido puentes, son abismos.

Parecía como si la voz estuviera dentro de su cabeza. No había ente externo que profiriera las palabras. La mujer alzó una mano y se fue retirando la máscara. Franz se vio invadido por la paz que tiene alguien que cumple con una vaga promesa. Al revelar el rostro, tan bello, tan prístino, Franz sintió un fuerte vértigo y unos dolores agudos en todo el cuerpo, hasta que cayó rendido, tan inerte como la máscara que por tanto tiempo había perseguido.





lunes, 22 de noviembre de 2021

El tiempo destruye todo. Un estudio.

(sobre el cine de Gaspar Noé)

 

Exordio. En los últimos años hemos oído, a los que nos gustan las películas de cualquier índole, por lo menos, el nombre Gaspar Noé. Dependiendo de quién enuncie, nuestras expectativas de él serán buenas o malas. Independientemente de este rasgo, inherente a cualquier autor (ya sea de cine, de literatura, de ensayos o de filosofía), hay un común denominador cuando se lo nombra: nos encontramos ante un cine violento, melancólico y nihilista, donde lo visceral amenaza con destruirnos a nosotros, los espectadores.

Intentaré esbozar, a sabiendas de su imposibilidad, un estudio objetivo sobre la obra de Gaspar Noé. Me propongo a la vez que abordar su obra, es decir, sus tópicos, su estética, etc. abordar también su propuesta cinematográfica. Por último, daré una breve opinión al respecto sobre lo que creo que aporta al cine actual.

Reduciré el corpus de películas a tan solo sus largometrajes que abarcan su obra más significativa, con una mención algo breve de Lux Aeterna (2019) puesto que es lo que podríamos llamar “una obra menor”. Ellas son: Seul contre tous (1998); Irreversible (2002); Enter the void (2008); Love (2015); y, por último, Climax (2018).

 

Influencias. Estas son muchas veces obvias y explicitas dado que Noé las muestra constantemente en sus películas. Ello ocurre, por ejemplo, en el departamento de Murphy y Electra en Love. Cuelgan de las paredes posters de Taxi Diver (1976) de Martin Scorsese o 2001: A Space Odyssey (1968) de Stanley Kubrick. También aparecen cintas de VHS en la película Climax cuando se presentan las entrevistas grabadas de cada personaje. Entre ellas podemos ver Suspiria (1977) del maestro de giallo Darío Argento (el director italiano, de hecho, será el protagonista de su nueva película); Un Chien andalou (1929) del maestro del surrealismo Luis Buñuel; Possesion (1981) del polaco Andrzej Zulawski; Salò o le 120 giornate di Sodoma (1975) del poeta Pier Paolo Passolini, entre otras.

También hay, por supuesto, influencias filosóficas y literarias. Entre ellas podemos ver la del escritor argentino Osvaldo Lamborghini conocido por su literatura surrealista donde se plasma la violencia en los sujetos del hampa; el filósofo francés Georges Bataille conocido por su interés en el erotismo y los rituales; Nietzsche pensador fundamental para el siglo XX y padre del cuestionamiento a los valores morales; la contemporánea a Noé, Virginie Despentes con su famoso libro de 1993, Baise-moi; las obras de Freud, tanto como las de su discípulo Carl Gustav Jung; la literatura de Franz Kafka, conocido por su abordaje del absurdo, lo grotesco y los pesadillesco en la cotidianeidad; los pensamientos de Oscar Wilde; los estudios realizados por el famoso antropólogo Carlos Castaneda, muy popular en la contracultura hippie; entre otros.

Tanto en lo literario como en lo cinematográfico, Gaspar Noé presenta una predilección por los autores considerados de culto donde la violencia, la destrucción, la sexualidad y el surrealismo son la base constitutiva.

 

Tópicos. Por lo general, los tópicos, a diferencia de lo que ocurre con otros directores, tienden a mostrarse explícitamente en el cine de Noé. Podemos hablar, en primer lugar, del tópico de la destrucción. Desde Seul contre tous  hasta Climax, los personajes caminan al filo de un abismo de destrucción tanto autoinfligida como proporcionada por un ente ajeno a ellos, los Otros. Los personajes avanzan hacia una destrucción de los demás pero en ese movimiento también se autodestruyen. El protagonista de Love, por ejemplo, camina hacia la destrucción de su relación con Electra para finalmente darse cuenta de que lo que se destruyó no es tan solo su relación, cargada de amor y momentos tiernos, sino su vida misma.

Más que una poética de la destrucción, podríamos hablar de una poética de la aniquilación. Cuando los sujetos destruyen y se destruyen no hay nada que los permita renacer de las cenizas. No hay restos, los restos también se destruyen. No hay manera humana de reconstruir todo aquello que fue. No hay manera de seguir adelante con la vida más que en un estado de resignación e ira hacia el perpetuador de la aniquilación: uno mismo.

Ligada a la poética de la aniquilación, nos encontramos con la problemática del tiempo. Cómo bien anuncia el Carnicero (personaje recurrente en las tres primeras obras de Noé), en el prólogo a Irreversible, “el tiempo destruye todo”. Las películas de Gaspar Noé nunca se narran de manera lineal. La obra es fragmentaria. El tiempo se torna algo violento que sumerge al espectador, no más a los personajes, en una espiral que desciende en movimientos virulentos hacia el más oscuro pozo. Podemos ver cómo la tragedia empieza con el final y, a pesar de ser este el principio más violento, la violencia esta dada no por el hecho mismo, sino por cómo se ha llegado de la nada de un principio (hecho final, como ocurre en Irreversible) hacia ese final (que es, en un sentido lógico, el principio) irreversible.

El tercer tópico que aparece en la obra de Gaspar Noé es algo más elemental, también ligado a lo latente de la violencia: las relaciones interpersonales. Todas las películas están atravesadas por el deseo de Uno de encontrarse con un Otro. Pero a su vez, mostrando la violencia de las relaciones interpersonales y de cómo, mientras más nos queremos acercar hacia el otro, más nos alejamos. Noé pareciera querer hablarnos de como las relaciones interpersonales son las relaciones más frágiles que existen en la sociedad. Una mínima decisión (engañar a tu pareja, no prestarle atención, preocuparte de más, etc.) puede llevar a consecuencias desastrosas en el Otro y en Uno.

 

Estética. Aunque la obra de Noé siembra detractores, hay algo de su obra que es imborrable de la cabeza: la belleza estética de sus películas. Por lo general en el cine Gaspar Noé no hay puntos medios: o la cámara hace complejos movimientos o se queda parada en un lugar. Muchas de sus tomas son con la cámara en picado o cenital. Cuando los personajes caminan o están en movimiento, la cámara, siempre a las espaldas de los actores, queda centrada y avanza sin hacer ningún tipo de paneo o movimiento brusco.

Luego tenemos los movimientos más complejos de cámara, como los que ocurren durante la primera mitad de Irreversible donde le es imposible al espectador comprender en donde esta topológicamente. O los movimientos de grúa que aparecen en gran parte de la película Enter the void.

La paleta de colores que utiliza está muy ligada al contenido de sus películas. La utilización predominante del naranja oscuro y un naranja más claro, como el uso del rojo le dan la sensación al espectador de asfixia y de la violencia en la que están impregnadas las tramas. Casi en toda su filmografía, exceptuando Enter the void, los colores predominantes son estos. No hace falta ni mirar las películas, bastan los posters para ya hacernos una idea. Además, a estos colores, hay que sumarle el negro. La ausencia de color permite delimitar muchas cosas: un punto de vista, los personajes que son relevantes, etc. Muchas veces los personajes principales aparecen en la oscuridad, de espaldas a la cámara y aquello que se está viendo iluminado (ocurre mucho cuando los personajes se encuentran en clubes nocturnos).

 

Personajes. Ya hemos mencionado la naturaleza destructiva de los personajes. Cabe hablar también un poco de los personajes en sí, de su fisionomía, de su manera de vestirse, etc.

En primer lugar, los protagonistas de Gaspar Noé tienden a ser hombres. En algunos momentos, sin embargo, el protagonismo de disipa. En Climax, por ejemplo, la protagonista pareciera ser Selva, pero también lo es David. Lo mismo ocurre en Irreversible. Exceptuando Seul contre tous, en todas las otras películas, los protagonistas hombres, aquellos que se imponen, tienen el pelo rapado. Aunque parezca una nimiedad, es relevante señalarlo dado que el autor, es decir, el Gaspar Noé director (no confundir con el Gaspar Noé-sujeto social), es calva. Es complicado muchas veces, en el cine de Noé, separar al autor de la obra en cuanto a los personajes que actúan dentro de ella. No parece casual, por ejemplo, que Murphy tenga un poster de Taxi Driver y se vista con una campera similar a la de Travis Bickle y, por supuesto, similar con la que aparece de vez en cuando Gaspar Noé. Los hombres, tambien, tienden a ser machistas y violentos, rasgo puesto a propósito por el mismo Noé para exacerbar dicha violencia.

En segundo lugar, los personajes mujeres tienden a representar los valores de belleza hegemónicos. No hay una de ellas que no se haya desempeñado como modelo por fuera de las obras. El ejemplo paradigmático es Monica Bellucci. Sin embargo, contrario a lo que se podría creer cuando se recurren a estos binarismos, son mujeres idealistas, fuertes, independientes y determinadas que muchas veces terminan siendo más o igual de destructivas que los hombres.

Propuestas. Es complicado abordar las propuestas del cine de Noé. Principalmente porque estas no son claras o, mejor aún, son tan claras que parecen un absurdo nombrarlas. Es cierto sí que nos quiere mostrar aquello que ya hemos nombrado en los tópicos. Sin embargo, lo que quiero exponer es que en su cine hay una importancia fuerte en desacomodar, descolocar si se quiere, al espectador. El hecho mismo de sumergirlo en una espiral atemporal de violencia de cualquier índole genera un efecto peculiar en el que un espectador (sea este un fanático o un férreo detractor): uno no quiere seguir mirando pero a su vez tiene que seguir haciéndolo para lograr obtener algún tipo de enseñanza, algún tipo de resolución que de paso a la catarsis, desconociendo, más aún ignorando, que esto es inútil.

El espectador -podría argumentar- nunca llega al climax de las películas principalmente porque lo que ocurre en las películas de Noé es un desgarramiento. Si se considera el psicoanálisis para analizar las obras de Noé (del que, por cierto, no esta exento, como ya hemos mencionado), se puede hablar tranquilamente de una castración del espectador. En tanto que este nunca logra su cometido, su poder se ve reducido a la nada misma. Lo que se dice nada.

Peroración. Por más breve que haya sido la exposición, estos son los elementos constitutivos de la obra de Gaspar Noé. Lo cierto es que más allá de la estética del director, no hay nada. Las obras poco transmiten. Las historias por más verosímiles que puedan ser, lejos están de las situaciones reales que pueden atravesarlo a uno. Detrás de tanta violencia tan solo encontramos una pomposidad barroca que no trae nada de innovador. Gaspar Noé ha tendido a repetirse a sí mismo desde Love en adelante, hasta el fiasco que es Lux Aeterna. Ha recurrido, como tantos otros directores tales como Lars von Trier, pero sin la genialidad de algunas puestas en escena de este, al sensacionalismo de la provocación por el mero hecho de provocar con lo que no es políticamente correcto. No hay en este gesto un movimiento estético que sea revolucionario o que permita ser tomado en consideración.

Lo cierto es, sin embargo, que estrenará una nueva película que promete ser diferente a lo que estuvo haciendo hasta el presente. Quizá Gaspar Noé llegue finalmente a una madurez, donde los temas tan humanos que aborda en sus películas logren una profundidad más honda que se disipe con las torpes y irrelevantes provocaciones con las que insiste en plagar su obra.